Las personas que tenemos vocación matrimonial, vivimos nuestro matrimonio buscando a Dios en esa unión, y sentimos gracias especiales que Dios nos concede por esa condición.
Sin duda, una de esas gracias, que Dios nos hace ver en algunos momentos especiales, es el don tan grande que supone tener a nuestro lado a la persona amada. La vida cotidiana, con su rutina, la permanente atención de los hijos, la administración diaria de las mil cuestiones e incidencias que suceden en nuestra vida, impide que nos demos cuenta, que valoremos el don tan grande que supone esa persona a nuestro lado. Sentimos su presencia como algo normal, necesario e incluso rutinario, como sentimos normal que tenemos que ir a trabajar cada día.
A veces, en nuestra torpeza o rudeza, no solo no reconocemos ese don ni lo valoramos, sino que lo despreciamos y lo maltratamos en nuestro afán de que el otro actúe y piense como nosotros queremos que actúe y piense. Hacemos, en fin, al otro a nuestra imagen y semejanza.
Pero hay momento, pequeñas luces en la noche de la vida, en que nos damos cuenta y valoramos el maravilloso don que supone la persona que permanece a nuestro lado. No se trata del sentimiento alegre y emocionado de quien empieza a vivir enamorado sus primeros días, meses o años de matrimonio. No. Ese sentimiento es bueno, y sin duda necesario en las primeras etapas de nuestro matrimonio. Se trata de un sentimiento mucho más profundo. Un sentimiento de admiración y respeto al contemplar la vida de esa persona entregada, continua, serena, perseverante, a lo largo de los años.
Tal vez no ha pasado nada concreto. Tal vez nos ocurre cuando le vemos, a él, a ella, dormir de forma serena. Tal vez nos asalta durante un viaje, o una tarde en la que solo, das un paseo por la playa. De pronto, como si sintieras que has estado ciego toda tu vida, sientes que la persona que te ha acompañado durante tantos años, es un don inmerecido.
Todas las cosas tienen un valor. Valor tiene el aire que respiramos, como valor tiene la salud que gozamos. Valoramos la amistad, como valoramos los bienes materiales que hacen nuestra vida más amable. Valoramos todas las cosas, pero cuando lo que valoramos es un ser humano, sentimos que pasamos a otra dimensión.
Nada hay más grande ni más valioso que una persona ¡Y pensar, entonces, que una persona, con toda su grandeza, su dignidad, su dimensión más allá de lo que mi mente puede concebir, ha querido dedicar su vida a mí y me ha ofrecido todo lo que tiene, se ha ofrecido en si misma!
Dios, en su bondad, a veces nos deja ver el océano sin orillas que supone contemplar la persona que tenemos a nuestro lado. Atónitos, miramos hasta qué punto es grande, ancho, profundo, esa unión con ese ser ¡increíble! que él ha puesto a nuestro lado, y sentimos, en una milésima de honradez, que no la merecemos, que no somos dignos de esa persona que ha decidido y ha demostrado que nos ha entregado su vida.
José, sin dudarlo, ha sido el ser más consciente de esa realidad, de sentir la grandeza absoluta del ser que tenía a su lado, de lo inmerecido de ese don al que jamás podrá corresponder. José no entiende otro nombre que no sea el de María. Es tan consciente de la dimensión de la persona que Dios ha puesto a su lado, que no entiende, ni sabe, ni quiere otra cosa que no sea que su vida trate de ser una correspondencia a un don y un amor más que grande que su vida.
Reconocer ese don hace que la vida de José no sea más que una lucha por saber dejar que le cambie y la transforme. Reconocer a María, reconocer el don que supone la persona que Dios ha puesto a nuestro lado, no es, no puede ser otra cosa que tratar de ser dignos de ese don de Dios.

