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Un rompecabezas donde todo encaja

La mayoría de las veces no lo entendemos y por eso nos resistimos. Cuando Dios pide a un alma que confíe en El, es porque El sí ve el cuadro completo. Ve que al final quedará una forma perfecta. Porque tenemos la experiencia de que el dolor es el martilleo del Artista, que quiere hacer de cada uno, de esa masa informe que somos, un crucifijo, un Cristo, el alter Chistus que hemos de ser[1]

Basta leer la vida de cualquier santo. Ahora, pasado el tiempo, cuando lo hacemos con perspectiva, se aprecia que esos sucesos de sus vidas, fueron estratégicos, aunque en el momento parecieran incomprensibles. Santa Teresa, San Josemaría, Madre Teresa, y de forma muy particular San Juan Pablo II.

Leer una biografía de este último es ver con clara nitidez la intervención de Dios en la historia. Ni quienes vivieron esos momentos, ni quienes los analizan con la perspectiva del tiempo, son capaces de comprender los acontecimientos que se produjeron, la secuencia de los mismos, la forma en como la realidad supera a la ficción y como ese juego de elementos hicieron caer el sombrío telón de acero de una de las zonas más negras y oscuras de la historia.

Leer en detalle los informes secretos de la Unión Soviética en los tiempos en que Juan Pablo II hizo caer, como un dominó, el régimen más cerrado y duro de la historia, es una lección más de la intervención providencial y cariñosa de Dios en el curso de la historia, aunque muy pocos, quizá nadie en aquel tiempo, pudiera entender la disposición de unas piezas que poco a poco irían encajando en su sitio.

La historia de José es un cuadro perfecto: conocer a la más hermosa de las mujeres, ser su esposo, la maternidad inconcebible de María, el nacimiento en un portal, la huida a Egipto en mitad de la noche, los magos, el Niño perdido en el templo… y tantos otros sucesos que solo conoceremos en el cielo, son las piezas de un cuadro maravilloso que la humanidad no se cansa de admirar, pero que en su momento le debieron parecer incomprensibles a José.

El gran si de los santos, como San José, no es una acción temeraria hacía lo desconocido, ni una triste resignación a los sucesos, muchas veces incomprensibles, sino el pleno convencimiento de que Dios ve siempre más lejos. Lo comenta el Papa Francisco: «Uno sabe bien que su vida dará frutos, pero sin pretender saber cómo, ni dónde, ni cuándo. Tiene la seguridad de que no se pierde ninguno de sus trabajos realizados con amor, no se pierde ninguna de sus preocupaciones sinceras por los demás, no se pierde ningún acto de amor a Dios, no se pierde ningún cansancio generoso, no se pierde ninguna dolorosa paciencia»[2]

La vida de cada persona es algo parecido. Quienes van teniendo unos años se asombran mirando su pasado, y piensan, con una medio sonrisa,  que su vida no es más que la historia de las misericordias de Dios, aunque muchas de esas cosas, en el momento concreto, les hicieran sufrir tanto.

La pérdida de un ser querido, un revés económico, una larga enfermedad, aquella conversación que le cambio la vida, una tremenda humillación, la frustración de una vida que parece llena de vacíos, una vejez repleta de limitaciones, un desamor… son piezas de una historia, que solo se comprende al final.

Una historia en la que solo queda confiar, avanzar como José, tirando del burro en mitad del desierto camino de Egipto, aunque el que vaya en el burro sea el mismo Dios y su madre.


[1] San Josemaría, Como un niño que balbucea

[2] Papa Francisco, Exhort. ap. Evangelii gaudium, 24-XI-2013, n. 279.

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José de Nazaret

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