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PRIMER DOMINGO

Dolor: Estando desposada su madre María con José, antes de vivir juntos se halló que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo (Mt 1,18).

María está embarazada. No es una suposición: es un hecho. Los ojos no engañan y muestran lo que muestran con la misma certeza con la que sabes que tú no has intervenido.

María no dice nada. Ella está en tan perfecta unión con Dios que deja todo en sus manos.

La Ley dice… y la Ley es todo en tu Pueblo.

Embarazada, su silencio, la Ley… todo es un perfecto rompecabezas donde ninguna pieza encaja en tu pobre corazón, que solo ha querido servir a Yahvé.

Jamás el silencio fue tan pétreo como en esos momentos de la historia; miles de ángeles contienen la respiración ante tanto dolor.

Un dolor intenso, agudo, que arranca desde la cabeza y recorre cada articulación hasta atravesar tu corazón. Nadie sabe que se puede sufrir tanto. Un dolor que detiene el tiempo, que impide pensar, respirar, mirar.

¿Mirar? Mis ojos ven lo que ven… ¿o no? ¿La realidad es lo que mis ojos ven o es otra cosa?

En María no. En María la realidad no es lo que veo, sino la luz que irradia, su paso delicado, su sonrisa que da vida a todas las cosas. En María, la realidad es solo ella, no lo que veo.

«La repudiaré en secreto».

Gozo: El ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, pues lo concebido en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús (Mt 1, 20-21).

Es imposible para un ser humano escribir un mensaje tan perfecto. Cada palabra ocupa el espacio exacto para revelar la verdad.

Es un ángel, de eso no hay duda; uno de esos miles que contenían la respiración ante tu dolor.

Te ha llamado por tu nombre y ha recordado tu estirpe, la del Pueblo elegido. Te ha reconocido como esposo de María, el amor de tu vida, y te explica que todo lo que en ella sucede es obra del Espíritu Santo.

Y finalmente, te ha dicho el nombre que tendrás que ponerle. Porque en tu pueblo es el padre quien impone el nombre y con eso le reconoce como hijo.

Es verdad. La realidad no es lo que ven mis ojos, sino la que se ve con los ojos de Dios que están en el corazón.

Hijo de Dios Padre, esposo de la Madre de Dios, padre en la tierra de quien es el Hijo de Dios.

No entiendes nada. Es imposible. Es demasiado grande para tu pobre cabeza.

No entiendes. Ya solo amas.

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José de Nazaret

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