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Todo hombre tiene una misión, un sentido, el proyecto de Dios, y como a José siempre se nos hace ver el sentido y su trayectoria. Dios nunca nos deja solo, siempre nos acompaña y nos hace ver el camino, aunque a veces, como a José, el camino no se comprenda.

Son momentos de incertidumbre, donde el alma está inquieta. Nuestra cabeza racional, en esos momentos no para de analizar y cuestionar todas las posibilidades para terminar concluyendo siempre lo mismo: no sé lo que debo hacer.

Y es que la única verdad que Dios pone en nuestra vida es la de la fe, el abandono, la confianza, como un niño se abandona en los brazos fuertes, firmes y seguros, de su padre.

Dios no ha dejado sola a ningún alma en la historia de la humanidad. A todos, absolutamente a todos, ha salido a nuestro encuentro, no una, sino infinitas veces a lo largo de nuestra vida.

Así ha sucedido desde que nos creó, y así ha ido ocurriendo a lo largo de toda la historia, la del mundo, y la de cada uno de nosotros.

Tanto ha salido a nuestro encuentro, que ha sido capaz de morir por darnos la vida, sufrir por rescatarnos, cargar sobre él, el peso de todos nuestros pesos. Ya no hay culpa: toda la limpiado El.

Podemos dudar del aire que respiramos, dudar de que es de día o de noche. Podemos dudar de los años que tenemos y especialmente de los pensamientos que nos acechan. Pero de lo que no podemos dudar, es de que Dios sale siempre a nuestro encuentro y que su verdad es mucho más fuerte que ninguno de nuestros razonamientos.

En la vida de José, Dios sale a su encuentro por encima de sus razonamientos, percepciones, o sentimientos. Unos razonamientos que estaban fundados en la propia ley del pueblo judío entregada a Moisés.

Dios sale al encuentro de José a través del ángel que le desvela los planes de Dios para su vida, para su historia. El ángel confirma a José en la razón de su vida, en su misión, en su realidad.

Y José actúa de inmediato como nos dice el evangelio. No pasa las horas cavilando sobre si los sueños son o no reales. No sigue tratado de interpretar si lo que le han dicho es correcto o lo correcto son sus pensamientos. Sabe lo que tiene que hacer y lo hace. Sabe que la misión que Dios le ha encomendado es mucho más fuerte que las leyes de la naturaleza, la ley mosaica o sus pensamientos.

Y José se pone en camino, actúa, sigue su misión sin dudas o inquietudes.

Dios nos manifiesta su voluntad a cada uno de nosotros, con la misma claridad que se la manifestó a José, y cuando lo hace deja en nosotros la certeza de que es su voz y no la nuestra.

Lo normal es que en nuestro caso no sean ángeles que se aparecen en sueños. En el nuestro será un rato de oración en el que por fin aprendemos a escuchar y no tanto a hablar, una sugerencia que escuchamos en una homilía que prendió en nuestra alma, una sugerencia del hombre que guía nuestra vida espiritual o la lectura abierta de un buen libro. Dios se comunica en el silencio, y la manera de saber que son suyas esas sugerencias, es la paz.

Si sientes paz en tu alma, eso es Dios, aunque delante de ti se levante como una montaña la misión tan gigantesca que sientas que no puedes con ella.

Lo que llega a la vida de José es la misión más egregia que se ha confiado a un hombre en la historia de la humanidad: ser el padre de Jesús y esposo de su Madre. Pero es también una historia tan increíble, que aún veinte siglos después cuesta comprenderla.

José, con sentido práctico, podía haber dudado del ángel y pensar que eso no podía ser cierto, como podía haberse revelado contra la misión que le era encomendada convencido de que, si realmente era Dios quien estaba llegando al mundo, ya obraría Él todo lo necesario para que todo fuera bien.

José toma conciencia de la misión que Dios le ha encomendado y actúa: recibe a María, parte hacia Belén, huye en mitad de la noche a Egipto, vuelve de Egipto, gana el poco pan con el sudor de su frente.

José actúa y nos enseña a los demás que tenemos que actuar, ponernos en camino, lo entendamos o no, lo veamos como algo gigantesco o menudo, real o irreal.

José acoge y recibe su misión, sin pasarle las horas preguntándose como puede ser cierto todo lo que ha ocurrido.

A nosotros nos llegan cada día cosas que nos pueden hacer pensar si ese es nuestro camino. Tal vez, hace unos días te han dicho que tienes una enfermedad incurable. Puedes acogerla y aceptarla o pasarte el día dando vueltas a ¿Por qué me ha tenido que ocurrir esto a mí?

Escribo esto unas horas después de un accidente de coche serio que vivir ayer. Llovía mucho y en una zona de la carretera se formó tanta agua que perdí el control del coche. Di varias vueltas en la propia carretera chocando con las protecciones. Gracias a Dios salimos todos ilesos. El coche, siniestro total.

Puedo pasarme el día, en cierto modo lo he hecho, pensando porque ha pasado eso. ¿Por qué había tanta agua en ese punto de la carretera? ¿Porque Dios ha querido que fuera mi coche y no otro? ¿Por qué salimos ilesos? ¿Por qué me te quedado sin coche que apenas tenía un par de años?

Como ves, las preguntas pueden ser infinitas, y puedo llenarme de frustración en cada respuesta, para concluir que no entiendo el sentido de lo que me pasó ayer.

Tal vez nunca llegue a entenderlo, o tal vez el sentido de ese accidente es que hoy pueda escribir esta reflexión que ahora comparto.

Puedo llenarme de preguntas sin respuestas, o puedo aceptar y acoger mi realidad y aprender a descubrir que todo lo que pasa en mi vida tiene una razón y un sentido, y que solo en la quietud del alma podré comprenderlo.

José no comprende nada de lo que pasa en su vida, como la mayoría de nosotros, pero actúa, se pone en marcha. Se deja de filosofar para abandonarse totalmente en cada uno de las cosas que van a ocurrir a partir de ese momento.

Sabe su misión y actúa. El ángel no le ha dicho el punto exacto donde el niño debe nacer: eso lo debe buscar él y ciertamente sin mucho éxito, como no le ha dicho que camino debe tomar cuando huyan a Egipto donde, por cierto, se habla otra lengua, y no se les tiene demasiado cariño a los judíos. El ángel no le abre una cuenta corriente a José para cubrir los gastos, y no le pone un Lexus para ir a Belén o Egipto: lo hará andando (la Virgen en un pollino) dormirán al raso, y comerán muchas de las cosas que encuentren en el camino.

José actúa, como lo hacemos tú y yo

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José de Nazaret

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