La tradición, la mayoría de los autores, y todo lo que tiene que ver con José reconocen el silencio como una seña de su identidad.
Sin duda José, como cualquier persona de su tiempo, hablaría y diría muchas cosas.
Ha sido el Espíritu Santo el que ha querido que lo veamos así.
Hablar no es malo sino muy bueno. Dios mismo es el “Verbo” y el “Verbo” lo hizo todo.
La palabra es un tesoro precioso que cambia los corazones. Por la palabra creemos, nos confirmamos, amamos.
Entonces ¿Por qué el silencio es tan fecundo? Tal vez porque es el lenguaje del corazón.
Vivimos un mundo lleno de ruido. Un ruido externo lleno de estímulos, de impactos… que nos llaman la atención desde todas partes de manera continua. Un ruido externo que se contagia a nuestro interior donde convive con un ruido interno lleno de preocupaciones, culpas, pensamientos, inseguridades. Es tanto que resulta difícil sustraerse a todo ese ruido.
Y ante esa realidad emerge el silencio como un espacio donde las cosas son tal y como son. El silencio es el único lugar donde nos podemos conocer a nosotros mismos, donde podemos viajar al interior del corazón y leer lo que somos y buscamos. El silencio es el espacio donde las almas hablan con Dios.
Hablar con el corazón es hablar sin palabras. Como decía el santo cura de Ars: “Le miro y me mira” y basta.
Pero el silencio es también el espacio donde los demás leen nuestro corazón:
- Lo leen nuestros hijos cuando ven a papá o mamá callar ante una bronca injusta del otro
- Lo leen nuestros compañeros de trabajo cuando ven que no nos ponemos medallas de nuestros éxitos, aunque hayamos sido quienes los hemos logrado
- Lo leemos todos en esos enfermos rotos de dolor a los que no escuchamos una sola queja porque ofrecen todo por los demás
- Lo leemos en la sonrisa de un niño pobre que nos sonríe al pasar
- Lo vemos en la sonrisa de una madre agotada mirando a un hijo
- Y lo vemos sobre todo en ese “trozo de pan” siempre esperando ese breve momento en que pasamos a visitarle.
El silencio es profundamente fecundo porque transforma los corazones. Por eso nos gusta tanto ver a José, le hombre del silencio, el número uno de la historia.

