Dolor: Simeón los bendijo, y dijo a María, su madre: Mira, éste ha sido puesto como signo de contradicción para que se descubran los pensamientos de muchos corazones (Lc 2,34-35).
Una espada atravesará tu corazón… Las palabras del viejo Simeón han atravesado el tuyo. No comprendes nada, como no comprendes nada de lo que está pasando en tu vida durante los últimos tiempos.
La unión de María con el Niño es perfecta y sabes que ellos lo vivirán todo juntos. Tu eres sólo la sombra del Padre.
“Para que se descubran los pensamientos de muchos corazones.” No tienes dudas que son palabras proféticas pronunciadas con una particular solemnidad. Y no puedes evitar que en tu alma retumben como una sentencia escrita desde antiguo.
“para que se descubran…” No paran de repetirse en tu alma y sientes que es un precio que costará mucho dolor, muchísimo, el dolor de una espada atravesando el corazón.
Ahora ese dolor está en tu alma. No sabes que hacer. Te gustaría protegerlos, decirle al mundo que quieres que esa espada te la claven a ti.
Pero sabes que no es posible. Que ese precio no lo puedes pagar tú. Sólo lo puede pagar Él y la única que le acompañará es María
Gozo: Porque han visto mis ojos tu salvación, la que preparaste ante todos los pueblos; luz para iluminar a las naciones (Lc 2,30-31).
Hay tanta solemnidad en esas palabras. Es como si todas las escrituras, desde el principio, se hubieran concentrado en una sola frase y lo condensarán todo.
Señor de señores, Rey de reyes, Alfa y Omega… las palabras se quedan cortas ante tanta grandeza.
Abraham, Moisés, Jacob, Elías, David…, hombres escogidos por Dios para un pueblo. Para tu pueblo. Y ahora su Señor viene a dar plenitud a todos los tiempos.
Y todos los pueblos te adorarán, como te adorarán todas las generaciones. Por ti miles de hombres de todos los lugares y tiempos darán su vida. En tu nombre se perdonarán los pecados y tu palabra la llevarán hasta el último rincón de la todas las tierras.
Y ese Rey, el único, ahora descansa en tus brazos ante la mirada amorosa de María, la única Reina.
Y en tu pobre corazón, sientes que todo está en su sitio, y que tu papel y el mío solo es el de mirarlos, amarlos, y sentir como su cariño es el que te transforma.

