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De mis planes a los Suyos

José se nos presenta como modelo de verdadera sabiduría para el hombre de hoy: “José se abandonó sin reservas en las manos de Dios, pero nunca rehusó reflexionar sobre los acontecimientos, y así pudo alcanzar del Señor ese grado de inteligencia de las obras de Dios, que es la verdadera sabiduría” (1).

Dios cuida de nosotros. Nadie tiene la menor de las dudas. La fe nos hace confiar en Dios, y saber que su divina providencia vela por nosotros incluso en los detalles más pequeños: “hasta vuestros cabellos están contados” (Mateo 10, 30).

Por contraste, nos sorprende repasar la vida de la mayoría de los santos y ver que su existencia ha sido, habitualmente, muy dura, a veces extremadamente. Santa Teresa de Jesús, en uno de esos arranques geniales que solo pueden tener las almas egregias, se quejaba al Señor de una de las numerosas pruebas y dificultades que le ponía: — Así trato yo a mis amigos —le dijo el Señor. — Por eso tienes tan pocos —respondió la Santa.

Dios no priva a las almas de dificultades y problemas. Al contrario, parece como si a mayor confianza, mayores fueran las pruebas. José no es una excepción a esa regla, “porque la historia del Santo Patriarca fue una vida sencilla, pero no una vida fácil” (1). Los momentos en que el ángel interviene son excepcionales y puntuales, y ciertamente sin demasiada información. El resto lo debe poner él. A él corresponde tratar de entender la voluntad de Dios en cada una de esas cosas, tomar las decisiones adecuadas. Mirar y ver los acontecimientos con los ojos de Dios es la verdadera sabiduría.

A los hombres de nuestro tiempo les sucede igual. Ningún ángel bajará del cielo para decirnos exactamente lo que tenemos que hacer, y “las pequeñas luces que brillan en la noche de nuestra vida” (2) parece como si no fueran suficientes para saber encontrar el querer de Dios en las realidades cotidianas.

Nadie tiene una bola de cristal para saber qué sucederá en las decisiones diarias que cada hombre debe tomar. Se duda en la elección de la carrera, en saber si esa mujer, ese hombre, es la persona con quien debo unir mi vida para siempre. Asaltan dudas en el trabajo, como se duda si vender o no una casa. Dudas sobre cómo corregir a un hijo, entender a un amigo o callar ante un familiar.

Todo el mundo quiere hacer las cosas bien, y precisamente por eso nos gustaría saber en cada momento lo que debemos hacer, pero asalta la duda de si hacemos o no lo que debemos.

San Juan Pablo II ayuda a entender el problema cuando afirmaba que “el hombre no conoce al hombre” (3). Ciertamente, para poder considerar que le conocemos deberíamos esperar al final de nuestra vida. Sólo entonces podríamos volver la vista atrás y exclamar: “Ahora sí me conozco, ahora ya sé cómo actúo ante las cosas de la vida”.

Pero el hombre no puede esperar al final de su vida para conocerse. Por eso San Juan Pablo II decía que el hombre debe volver sus ojos hacia quien le ha creado y preguntarle: ¿Cómo es el hombre? ¿Cómo soy yo?

Todo hombre necesita preguntarle a Dios cómo es cada uno. Y eso es la oración. Un hablar con Dios “de sus cosas, de las tuyas: éxitos, fracasos, aspiraciones nobles” (4). Algo que en San José es como el latir del corazón, y por eso la Iglesia nos enseña que es “maestro de vida interior”.

La vida de José toma forma, se comprende a sí mismo, en la medida en que trata de descubrir la voluntad de Dios en cada acontecimiento, y eso lo hace a través de su esposa, a la que ve “ponderar las cosas en su corazón”. Y cuando el hombre discierne, piensa, y actúa así, posee la verdadera sabiduría, que es comprender que todas las cosas nos llevan a Dios a través de su Madre.

“De este modo, aprendió poco a poco que los designios sobrenaturales tienen una coherencia divina, que está a veces en contradicción con los planes humanos” (5). Unos designios que, tal vez, solo se comprenden al final de la vida, cuando se mira hacia atrás con perspectiva. Dios no deja ninguna cosa sin contestar.

Cuántos planes haría San José como buen padre. Cuántos preparativos junto a María, y tantos otros que no había comentado con ella para no preocuparla, pero que los pensaba con la misma ilusión.

A los padres nos gusta tenerlo todo previsto. Hacemos planes sobre nuestros hijos. Cuando sabemos que van a llegar, hacemos algunos cambios en la casa o hasta la cambiamos entera. A veces hay que cambiar de coche, y pensamos en el colegio, como pensamos que serán seguidores de nuestro mismo equipo de fútbol. Lo que más nos inquieta como padres es la incertidumbre, pues jugamos con variables que no podemos controlar.

Posiblemente, si hay en la historia alguien a quien le han cambiado los planes, ese es San José:

  1. Desposarse con una mujer y ver que su mujer está embarazada.
  2. Confiar en que amigos y familiares le acompañarían y ayudarían en el momento de dar a luz, y ver que los suyos no le recibieron.
  3. Someter a su Hijo, el Mesías, a los ritos de la ley.
  4. Escuchar cómo Simeón anticipa que será signo de contradicción.
  5. Huir a Egipto en las peores circunstancias que un padre puede organizar.
  6. No poder volver a su tierra, aunque el ángel le había avisado, porque reinaba Arquelao.
  7. Que el Niño se pierda en el templo.
  8. Dejar este mundo cuando aún María y Jesús vivían.

Estaba claro que los planes de Dios tenían que ver poco con sus planes. Como nos pasa a los hombres. A los de hoy como a los de siempre. Haces tus planes, prevés, organizas, y luego en un minuto te lo cambian todo. “Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes” (6), porque lo único seguro que el género humano ha experimentado es que los planes, casi siempre, te los cambian.

(1) San Josemaría Escrivá, En el Taller de José.(2) San Josemaría Escrivá, Camino.(3) San Juan Pablo II, ver por ejemplo Centesimus Annus o Redemptor Hominis. (4) San Josemaría Escrivá, Camino. (5) San Josemaría Escrivá, En el Taller de José. (6) Frase popular, citada al inicio de la película “Bella”.

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José de Nazaret

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