Dolor: Le estuvieron buscando entre los parientes y conocidos, y al no hallarle, volvieron a Jerusalén en su busca (Lc 2,44-45).
Jesús se ha perdido. La voz se ha corrido por toda la caravana y hombres, mujeres y niños se movilizan en su búsqueda. Debería estar jugando con sus amigos, pero lo cierto es que estos no le han visto desde hace horas. La ultima vez que lo vieron fue precisamente cuando la caravana estaba a punto de partir, y en ese momento jugaba con ellos como uno más.
Algunos hombres se te han acercado para decirte que volváis cuanto antes a Jerusalén a buscarle, que ellos lo seguirán haciendo entre la caravana y si le encuentran hallarán la manera de avisarte.
Tu corazón palpita rápido más aún que tus pasos que ahora han puesto rumbo hacia Jerusalén. Pero ni aún así consigues alcanzar a María que va unos metros por delante. Su rostro es serio y su marida decidida.
En Jerusalén habéis comenzado por la casa donde os habéis alojado, pero allí tampoco saben nada. A partir de ese momento cada minuto, cada segundo es un avanzar rápido por las estrechas calles que vais repasando una a una, casa a casa.
Cae la noche. Ninguno habéis dicho nada durante este tiempo. El dolor es tan profundo que casi no te deja respirar mientras sientes que no eres capaz de articular un solo pensamiento.
Has conseguido que María acepte ir a la casa a descansar un rato. Le has prometido que tu seguirás toda la noche buscando en cada rincón. Ella ha accedido.
La has mirado antes de partir de nuevo. Nunca la habías visto así. El dolor cruza su mirada de una forma tan profunda. Pero sientes que al tiempo es un dolor en paz, y entiendes que aún perdidos, ella sigue unida a su Hijo, y el dolor no puede imponerse al amor que fluye entre ellos por encima de la distancia y el tiempo.
La noche ha sido larga, has recorrido cada calle, ahora semi desierta, y has mirado en cada pequeño espacio. Apenas puedes componer un pensamiento. Solo sientes dolor y el peso que te aplasta a cada paso. No te atreves a rezar: cómo vas a dirigirte a Dios que te ha encomendado cuidar y proteger a su Hijo, y tu lo has perdido. Es el único pensamiento que aparece una y otra vez: te sientes el más indigno de los hombres.
Así han pasado tres y tres noches. En los que apenas has comido o dormido salvo cuando María te ha mirado y sus ojos te han hecho ver que, hasta en eso, ella está pendiente de ti.
Es el tercer día. Has pasado un momento por la casa y te has encontrado a María recogida en oración. Pasarías las horas mirándola así. Tienes la certeza que su oración es una unión permanente con Dios.
Al fin se ha dado cuenta de tu presencia y se ha puesto en pie. Hay tanta sencillez y al tiempo tanta realeza en cada uno de sus movimientos. Te ha dicho que hoy empezaran de nuevo por el Templo para poner todas las cosas en manos de Dios.
La sigues de manera casi automática. La tensión acumulada es tanta, que te duelen todas las articulaciones y te cuesta hasta andar. Pero la sigues. No quieres hacer otra cosa que besar donde ella pise.
Gozo: Al cabo de tres días lo hallaron en el Templo, sentado en medio de los doctores, escuchándoles y haciéndoles preguntas (Lc 2,46).
Ya estáis muy cerca del templo. Os llama la atención que hay más gente de lo habitual y un numeroso grupo de personas se agolpa alrededor de los doctores. Algo está ocurriendo y la expectación es máxima.
María ha acelerado el paso e intuyes el porqué. De pronto sientes que has recuperado las fuerzas y te has puesto delante para abrirle camino entre el gentío que se molesta al sentir tu empeño en avanzar. Pero ahora nada puede detenerte, y la gente se aparta ante tu gesto de autoridad.
María es una flecha que solo tiene un destino. La sorpresa y expectación entre los doctores y del resto de la gente es máxima mientras María permanece arrodillada abrazada a su Hijo. Tu permaneces en pie, regio como un rey. Ahora si sientes que la sangre de 14 generaciones fluye con fuerza por tus venas. Es tu linaje del que proviene el Rey de reyes y notas que cada palpitación configura un porte y una mirada que todos contemplan sintiendo que están ante algo extraordinario.
María habla con Jesús. El silencio se ha adueñado del sitio y nadie se atreve a decir nada ante un duelo que está reservado solo a Ellos.
Después habéis comenzado a andar camino de regreso. La gente ahora se aparta de manera natural ante tu paso decidido, mientras tu corazón no para repetir lo que acaba de escuchar a María: “Tu padre y yo te buscamos…” Tu padre, repites una y otra vez, mientras tu alma solo es capaz de repetir “alabado sea Dios, alabado sea Dios”.

