Sexto domingo
Dolor: Él se levantó, tomó al niño y a su madre y regresó a la tierra de Israel. Pero al oír que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, temió ir allá (Mt 2,21-22).
El tiempo en Egipto ha sido duro, mucho más duro de lo que nadie sabrá jamás. Es una tierra que solo vive atenta a sus dioses, tanto que ni siquiera reconocen sus nombres, ignorando al único Dios que ha empezado a dar sus primeros pasos de niño en la tierra. Una tierra donde tu pueblo no es querido, y eso hace que muchos ni te paguen los pocos trabajos que te encargan.
Lo estáis pasando realmente mal, y no sabes qué hacer; solo puedes refugiarte en tu oración al Padre, que no detienes ni un solo instante. Ha sido en uno de esos momentos donde, sin darte cuenta, te has quedado adormilado. Ha sido un sueño fugaz, pero claro como siempre. El ángel te ha indicado que ya podéis volver, y tu corazón ha sentido alivio en el mar de dolor en el que llevas navegando tanto tiempo.
Lo has comentado con María, que ha preparado las cosas con la misma celeridad con la que las preparó aquella noche. Ella es tan dócil a las cosas de Dios. Habéis recogido las pocas cosas que conforman vuestras pertenencias. Además, ahora no contáis con el pollino que os ayudó cuando vinisteis. Lo tuviste que vender para poder manteneros.
El camino lo conoces. Es el mismo que hiciste hace apenas tres años, el mismo que tu pueblo hizo durante cuarenta años. En vuestro caso serán dos o tres semanas caminando: las que el Altísimo disponga. No importa, tú llevarás a Jesús en brazos e iréis despacio para que María pueda hacerlo con comodidad.
Apenas lleváis semana y media de camino y os habéis encontrado con una caravana. Tu corazón ha dado un vuelco cuando te has dado cuenta de que son judíos, que al veros avanzar os han mirado con extrañeza. Pero tu pueblo es un pueblo hospitalario, y varios hombres han avanzado hacia ti para saludarte mientras algunas mujeres se han acercado a María para ayudarla.
Cuánto tiempo sin comer vuestra comida, sin partir el pan como solo se hace en tu pueblo. Y al hacerlo, parece que las fuerzas reconfortan tu cuerpo agotado.
Mientras tomas los primeros alimentos, escuchas la conversación de los hombres. Es cierto que Herodes ha muerto, pero el que reina ahora es Arquelao, del que se cuentan cosas aún más terribles. Tu corazón se ha encogido y has sentido que no podéis volver a Belén: es demasiado peligroso.
Pero entonces, ¿dónde ir? ¿Cuál puede ser un sitio seguro? Y mientras lo piensas, va emergiendo en tu corazón un nombre: Nazaret. Es vuestro pueblo, pequeño, perdido… un lugar que nadie puede ni imaginar para el futuro Rey de los Judíos, Rey del mundo, Rey del tiempo y del Universo.
Gozo: Y fue a vivir a una ciudad llamada Nazaret, para que se cumpliera lo dicho por los profetas: será llamado Nazareno (Mt 2,23).
Nazaret se dibuja al final de la loma. Os habéis detenido un momento para contemplarlo. Solo transmite paz, sencillez. Has mirado a María, que te devuelve una sonrisa ancha y serena. Qué guapa es. Ni siquiera el cansancio del camino puede hacer mella en ese rostro que los ángeles no se cansan de mirar.
El Niño se ha escapado de tus brazos y ha empezado a dar torpes pasos hacia Nazaret ante vuestra sonrisa cómplice.
Habéis avanzado por la única calle que separa la mayoría de las humildes viviendas que la componen. Los pocos vecinos, siempre atentos a cualquier novedad, os han reconocido y han salido a vuestro encuentro. No paran de gritar: «¡Salid todos! ¡Son María y José! ¡Han vuelto!».
Unos y otros os han rodeado, riendo entre abrazos. Algunas mujeres se disputan coger al Niño mientras no paran de besarlo y decir: «¡Pero qué guapo es!», «Se parece a su Madre».
No has dicho nada. No hace falta. Dejas que sea el cariño de todos ellos el que os conduzca. Ver cómo las mujeres se llevan a María y al Niño para atenderlos ha sido suficiente para que tu corazón descanse en paz.
Ahora sí, has pensado con tu corazón puesto en el Altísimo. Ahora todo se ha cumplido, ahora todo está en su sitio.
Sexto dolor: Él se levantó, tomó al niño y a su madre y regresó a la tierra de Israel. Pero al oír que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, temió ir allá (Mt 2,21-22).
El tiempo en Egipto ha sido duro, mucho más duro de lo que nadie sabrá jamás. Es una tierra que solo vive atenta a sus dioses, tanto que reconocen ni sus nombres, y sin reconocer al único Dios que ha empezado a dar sus primeros pasos de niño.
Una tierra donde tu pueblo no es querido, y eso hace que muchos ni te paguen los pocos trabajas que te encarguen.
Lo estáis pasando realmente mal, y no sabes que hacer, y solo puedes rezarlo en tu oración al Padre que no paras de vivir en cada momento. Ha sido en uno de esos momentos donde sin darte cuenta te has quedado adormilado. Ha sido un sueño fugaz, pero claro como siempre. El ángel te ha indicado que ya podéis volver y tu corazón ha sentido alivio en el mar de dolor en el que llevas navegando tanto tiempo.
Lo has comentado con María que ha preparado las cosas con la misma celeridad con las que la preparó aquella noche. Ella es dan docil a las cosas de Dios.
Habeis recogió las pocas cosas que suponen vuestras pertenencias. Además ahora no contáis con el pollino que os ayudo cuando vinisteis. Lo tuviste que vender para poder manteneros.
El camino lo conoces. Es el mismo que hiciste hace apenas tres años, el mismo que tu pueblo hizo durante 40 años. En vuestro caso serán dos o tres semanas caminando: las que el Altisimo disponga. No importa, tu llevarás a Jesús en brazos e iréis despacio para que María pueda hacerlo con comodidad.
Apenas lleváis semana y media de camino y os habéis encontrado una caravana. Tu corazón ha dado un vuelco cuando te has dado cuenta de que son judíos, que al veros avanzar os han mirado con extrañeza. Pero tu pueblo es un pueblo hospitalario y varios hombres han avanzado hacia ti para saludarte mientras algunas mujeres se han acercado a María para ayudarla.
Cuanto tiempo si comer vuestra comida, sin partir el pan como solo se hacen en tu pueblo. Y al hacerlo parece que las fuerzas reconfortan tu cuerpo agotado.
Mientras tomas los primeros alimentos, escuchas la conversación de los hombres. Es cierto que Herodes ha muerto, pero el que reina ahora es Arquelao del que se cuentan cosas aún más terribles. Tu corazón sen ha encongido y has sentido que no podéis volver a Belén: es demasiado peligroso.
Pero entonces, ¿Dónde ir? ¿Cuál puede ser un sitio seguro? Y mientras lo piensas, va emergiendo en tu corazón un nombre: Nazaret. Es vuestro pueblo, pequeño, perdido… un lugar que nadie puede ni imaginar para el futuro Rey de los Judios, Rey del mundo, Rey del tiempo y el Universo.
Sexto gozo: Y fue a vivir a una ciudad llamada Nazaret, para que se cumpliera lo dicho por los profetas: será llamado Nazareno (Mt 2,23).
Nazaret se dibuja al final de la loma. Os habéis detenido un momento para contemplarla. Solo transmite paz, sencillez. Has mirado a Maria que te devuelve una sonrisa ancha y serena. Que guapa es. Ni siquiera el cansancio del camino puede hacer mella en ese rastro que los ángeles no se cansan de mirar.
El Niño se ha escapado de tus brazos y ha empezado a dar torpes pasos hacia Nazaret ante vuestra sonrisa cómplice.
Habéis avanzado por la única calle que separa la mayoría de las humildes viviendas que la componen. Los pocos vecinos, siempre atentos a cualquier novedad, os han reconocido y han salido a vuestro encuentro. No paran de gritar: ¡salir todos! Es María, y José. ¡Han vuelto!
Unos y otros os han rodeado riendo entre abrazos. Algunas mujeres se disputan coger al Niño entre sus brazos mientras no paran de besarlo y decir “pero que guapo es” “se parece a su Madre”.
No has dicho nada. No hace falta. Dejas que sea el cariño de todos ellos el que os conduzca. Ver como las mujeres se llevan a María y al Niño para atenderlos ha sido suficiente para que tu corazón descanse en paz.
Ahora si, has pensado con tu corazón puesto en el Altisimo. Ahora todo se ha cumplido, ahora todo está en su sitio.

