Dolor: El ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: Levántate, toma al niño y a su madre, y huye a Egipto, y estate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo (Mt 2,13).
Es aún mitad de la noche. De nuevo ha sido un ángel y de nuevo con la misma precisión que hace que no tengas que interpretar nada. Han sido palabras claras, con cierto sentido de urgencia. Noche, Egipto, Herodes quiere matar al Niño. ¿Qué está pasando? Estamos hablando del Mesias, del Hijo de Dios vivo, y tenéis que huir en mitad de la noche como si fuerais forajidos.
No es tiempo de preguntas. Con inmenso dolor has despertado a María que duerme con el Niño pegado al pecho. Le ha bastado ver tu cara para leer que algo serio está pasando. Con brevedad le has dicho que deben recoger las cosas y partir cuanto antes, que ya se lo contarás por el camino.
Has preparado las pocas cosas que tenéis y has ido a por el pollino que te mira con la misma extrañeza.
Aún no ha despuntado el alba cuando ya os estáis alejando de Belén. Nadie os ha visto, todos duermen. Hacer frio y María arropa al Niño sentada en el pollino que tu diriges desde el ronzal.
Las preguntas se amontonan en tu cabeza. Egipto ¿Cuál será el mejor camino para coincidir con la menos gente posible? Son más de tres días de jornada con una mujer y un bebé recién nacido.
No puedes evitar pensar en David que en tu nombre derrotaba ejércitos, Moises que abría el mar por la mitad precisamente para sacar a Tu pueblo de Egipto, en Sanson, en Jacob… todos ellos abrían dado su vida por proteger a ese Niño, y en su nombre habrían derrotado cuantos ejércitos le salieran al encuentro.
Y ahora, el Rey de todos ellos, tenía que huir de noche de un tirano que planea matarle.
¿Y tus ángeles? Todas esas legiones que cantaban tu gloria. Solo uno de ellos bastaría para derrotar a Herodes y mil Herodes que hubiera.
No eres más que un sencillo carpintero, al que se ha encomendado la misión más importante de la historia. Y sientes tu limitación mientras tus pasos no dudan en seguir el camino más largo.
Egipto. ¿Cómo te organizarás allí? ¿En que lengua nos entenderemos? ¿Necesitarán de mi trabajo? ¿Cómo les podré sostener?
El dolor hiere tu alma pura. Eres el más limitado de los hombres ante la misión más egregia.
Gozo: Y estuvo allí hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que dice el Señor por el profeta: «De Egipto llamé a mi hijo» (Mt 2,15).
Al fondo se divisan las pirámides. Habías oído hablar de ellas, pero nos las podías imaginar tan grandiosas. Construidas para dar sepultura a los faraones y así ser recibido por los dioses. Hablamos de una de las civilizaciones más antigua y desarrollada. Una civilización que no tiene un dios, sino muchos.
Dioses, repites. ¿Si ellos supieran? ¿Si supieran que el Dios de todos los dioses, el Señor de la vida y la muerte, el Rey de reyes… descansa en los brazos de su madre en una sencilla choza de una barriada a las afueras de la ciudad?
No. No lo pueden saber: rompe tanto los esquemas humanos un Dios así.
Un Dios que no pide pirámides, ni esclavos, no quiere riquezas ni sacrificios. Un Dios que solo es Amor.
Apenas os habéis instalado en una choza abandona donde has colocado las pocas cosas que traéis. Pero esas cosas han bastado para que María las coloque de forma que todo es agradable.
María. Ella hace que todo sea sencillo. Te basta mirarla para darte cuenta de que el cielo empieza en sus ojos.
Nada más. No necesitas nada más. Solo verlos a ellos, sentir que están bien, que duermen, descansan, comen del poco pan que vas consiguiendo con tu trabajo.
Nadie lo puede entender. Verlos a ellos lo colma todo. No puede haber tanto gozo y sientes que las cosas de Dios son infinitamente sencillas.

