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TERCER DOMINGO

Dolor: Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de que fuera concebido en el seno materno (Lc 2,21).

Circuncidar al Niño. Llevas un par de días dándole vueltas. ¿Por qué hay que circuncidarle?  Es el Hijo de Dios. En El no es necesario. Pero es lo que dicta la Ley de Moises y la Ley en tu pueblo es todo.

No comprendes. De nuevo vuelves a no comprender, y te vuelves a preguntar si estarás haciendo lo correcto.  De nuevo María. Ella conoce lo que siente tu corazón, pero no dice nada. Te basta ver la delicadeza y sencillez con la que prepara las cosas, para entender que ese es el camino.

El sacerdote ha sido rápido. El Niño llora mientras una gota de sangre cae sobre el pañal, hasta que María ha podido llevarlo junto a su pecho. Allí El descansa.

En tu alma no puedes concebir la idea de que ese Niño haya tenido que derramar una sola gota de su sangre. Tuya, la que sea necesaria, pero no de Él. Ni una gota, y sientes tanto dolor como si una espada atravesara tu corazón.

Y ese Niño lo sabía, sabía que no resistirías verle derramar una sola gota más. Y su infinito amor por ti, hizo que te llevara antes de que pudieras vez que la iba a derramar toda.

Y tu y yo miramos absortos tanto amor, tanto protegerse el uno al otro. Y entiendo que mi vida no es más que gastarse día a día, gota a gota, por cada uno de mis hijos

Gozo: Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados (Mt 1,21).

De nuevo la Ley, siempre la Ley. Pero está vez te sabe a gloria, pues dicta que es el padre quien pone el nombre al hijo, el padre quien marca su linaje, el padre quien da su bendición…

Mientras el sacerdote pronuncia las palabras tu no paras de pensar: “El Hijo de Dios lleva el nombre que le puesto, lleva mi linaje, hablará con mi acento, partirá el pan con el mismo gesto que yo lo hago, y reirá con la misma alegría que yo siento en el corazón…”

De nuevo has vuelto a mirar a María. No sabes mirar a otro sitio que no sea ella. Y hoy la ves más hermosa que nunca, majestuosa como una reina.

Ella te mira mientras coges al Niño entre tus brazos cuando el sacerdote te lo ha entregado. Os mira a los dos, y una sonrisa ancha y hermosa asoma en sus labios, y comprendes que no se puede sentir más felicidad que la que ahora inunda tu alma.

Y tu y yo, sentimos la misma alegría cuando vemos que ese Niño también se ha fijado en nuestros hijos, y sentimos esa misma alegría cuando María nos ve abrazarlos el día que le siguen.

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José de Nazaret

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